Damián tiene 9 años y cursa cuarto grado. Su hermano Santino va a tercero. Tiziana, la más pequeña, asiste con apenas 4 años a la salita del jardín. Todos los días, los tres emprenden una travesía que pone en evidencia el verdadero valor del derecho a la educación: cruzar a caballo el río Lileo para llegar a la Escuela N°93 de Los Miches, en el norte neuquino.
La familia Merino Antiñir vive en el paraje El Pichingal, a unos 9 kilómetros de la escuela. Su vida cotidiana está atravesada por las inclemencias del clima, las crecidas del río y la falta de infraestructura. Pero hay algo que nunca cambia: las ganas de aprender. “Son alumnos ejemplares”, dice sin dudar Sabina Ackerman, directora de la institución, con la voz entre el orgullo y la admiración.
Damián espera el transporte escolar a las 7:40 para ingresar a clases a las 8:30. Sale a las 13:15 y a las 14:10 ya está de vuelta cruzando el río, donde su padre lo espera a caballo para llevarlo a casa. A las 12:00 del mediodía, Santino y Tiziana hacen el mismo trayecto, para ingresar al turno tarde. El regreso se reparte: Tiziana sale a las 16:30; Santino, a las 17:45. Siempre, sin falta, alguien de la familia está del otro lado, esperando.
La Escuela N°93 cuenta actualmente con 97 estudiantes, distribuidos entre el nivel inicial (dos salas: 3/4 años y 5 años) y 7 secciones de nivel primario. A diario se les brinda desayuno, almuerzo y merienda, y una educación pensada desde su realidad y su identidad cultural.
“Trabajamos mucho con el contexto. Uno de los proyectos más importantes tiene que ver con la trashumancia, que permitió que chicos del primer ciclo se alfabetizaran con experiencias propias. Otro, impulsado por el segundo ciclo, recupera saberes de la medicina mapuche, trabajando con plantas nativas, cremas y aceites naturales”, cuenta Ackerman. Este último fue seleccionado para la instancia provincial de feria de ciencias.
“El foco de lo que mostramos no era romantizar el sacrificio, sino visibilizarlo. Que se sepa el esfuerzo que hacen, las ganas con las que vienen”, remarca la directora. Y lo que cuenta conmueve: los tres niños casi no faltan. Aun cuando la lluvia vuelve al río intransitable, o cuando el viento se cuela entre los cerros helados. “Algunos viven a metros de la escuela y no vienen si llueve. Estos chicos cruzan un río todos los días”, añade.
Las imágenes compartidas en el Facebook de la escuela se viralizaron rápidamente. El video que grabó el chofer del transporte muestra a los niños siendo acompañados por su padre para cruzar el cauce crecido. El “puente” improvisado que usan cuando el agua baja es apenas un tronco. Cuando eso no es posible, los caballos se convierten en el único medio para llegar.
La Escuela N°93 no sólo es un espacio de aprendizaje. Es un refugio. Un espacio que protege, contiene y educa desde la realidad misma. “Estamos gestionando una pasarela segura con Vialidad y el gobierno provincial”, explicó Ackerman.
Y aunque las respuestas aún están en camino, hay algo que ya está claro: el compromiso de esta familia con la educación no necesita explicaciones.
“Queríamos que todos lo vieran”, dijo la directora. Lo vieron. Y hoy, muchos comprenden mejor lo que significa el sacrificio cuando se quiere aprender.
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